La Vida Anti-Estrés (VII) : ¡Viviendo mi identidad de hijo de Dios!
“¿Cómo? ¿Estresada yo?” Muchas ocasiones son las personas que están a mi alrededor quienes se percatan – antes que yo – de que las presiones están tomando terreno en mi corazón y me lo hacen saber. La realidad es que estoy estresada y… ¡yo no me doy cuenta! Como respuesta, podría darles una lista de excusas, presentarles un montón de quejas ó simplemente negar que esto está sucediendo, pero lo cierto es que a menos que yo identifique y reconozca que hay estrés en mi vida, difícilmente podré poseer el reposo que Dios me ofrece. ¿Cómo puede el estrés pasar inadvertido en nuestro ser? Encuentro que esto ocurre algo parecido a un experimento de laboratorio que realizaron: Colocaron una olla con agua hirviendo y metieron dentro a una rana. Cuando esta sintió el agua caliente saltó de inmediato salvando su vida. Por otro lado, pusieron una rana en una olla pero esta vez con agua fría. A fuego lento fueron calentando el agua; la rana no se dio cuenta del cambio de temperatura y esta murió. En nuestra vida, podemos estar tan acostumbrados al estrés que dejamos de percatarnos de cómo influye en nuestra salud, en nuestra relación con los demás, etc., hasta que llegamos a enfermamos seriamente o los problemas nos rebasan. La buena noticia es que no tenemos que llegar al límite para reconsiderar y venir a los brazos de Jesús para descansar.
Reconocer que se está estresado es el primer paso para ser libre; negarlo, justificarlo o culpar a otros por ello es un maquillaje que todos hemos usado alguna vez, pero que solo retarda y dificulta el que podamos entrar en el reposo de Dios. Sin embargo, cuando tenemos la humildad de descargar nuestras ansiedades y preocupaciones en Él, encontramos consuelo y paz. Si de algo podemos estar seguros es, que mientras estemos en este mundo vamos a ser confrontados por la aflicción, y con esto nos veremos asediados por el peligro de los efectos del estrés, pero ¡qué confianza produce el saber que Jesús ha vencido al mundo para que podamos gozar de plenitud de vida! Por lo tanto, no hay razón para seguir esclavizados al estrés y sus consecuencias porque para Dios no somos sirvientes sino hijos amados. Vivir en esa identidad es la clave para disfrutar y hacer uso de todo lo que el Padre tiene; lo cual incluye Su paz que sobrepasa todo entendimiento que guarda permanentemente nuestro corazón y pensamiento en Cristo.
La Revolución de Su Amor (5) : Produciendo Fruto para Dios
Cuando el huracán IKE azotó la costa de Texas en el 2008, los vientos alcanzaron una velocidad aproximada de 110 mph causando grandes daños en toda la zona. Una vez que pudimos regresar a casa después de la tormenta, era impresionante ver además de los perjuicios causados a las estructuras y edificios, la cantidad de árboles derribados por el viento. Algunos de ellos estaban sobre las calles con las raíces completamente desenterradas, otros más sobre los techos de las casas ó cables de electricidad. Dentro de mí pensaba ¿cómo estos árboles tan grandes y robustos no pudieron resistir la fuerza del viento? Su apariencia era la de árboles sanos, pero en realidad estaban muriendo por dentro. Al observar con detenimiento pudimos notar que el tronco de muchos de esos árboles estaba totalmente hueco, como si fuera un cascarón. Esos árboles estaban arraigados al suelo, sin embargo, su capacidad para permanecer firmes no estaba desarrollada lo suficiente para soportar una tormenta de esta magnitud ó había menguado por el paso del tiempo. De esta misma manera ocurre con la transformación de nuestra visión, bien podemos estar arraigándonos en el amor de Dios atesorando la verdad acerca de lo que Él dice sobre nosotros, pero a menos que aprendamos a cimentarnos en él no podremos permanecer cuando vengan los tiempos difíciles. SER la visión de Dios es una constante a la cual Él quiere llevarnos para que nuestras vidas sean la manifestación al mundo de Su amor y poder. Si alguna vez te has sentido como uno de esos árboles que el huracán arrastró, conoce que hay esperanza para ti. Si piensas que todo está perdido, aún Dios sigue ahí. Su nombre es Torre Fuerte, y el justo corre hacia Él para ser afirmado y levantado. No hay vergüenza ni condenación, porque el amor cubre multitud de pecados.
La Revolución de Su Amor (4) : Arraigado y Cimentado en Él
Ahora, la pregunta que puedes estar haciéndote en este punto es: ¿Y cómo recibo el amor de Dios para que mi visión sea transformada? La primera cosa es aceptando a Jesucristo en tu corazón. Dios nos amó de tal manera, que dio a su Hijo para que toda persona, como tú y como yo, no se extravíe ni pierda el rumbo, sino que pueda poseer Su vida. Nuestra parte aquí es aceptar ese regalo y hacer uso de todo lo que este implica. Si recibes un regalo y lo guardas bajo tu cama, ten por seguro que no servirá de nada. De la misma manera, es preciso que aceptes lo que Jesús hizo y tomes provecho del acceso que compró con su sangre, para darte una vida plena y abundante. En segundo lugar, es necesario que te arraigues en Su amor y te afirmes en Él (Efesios 3: 17-19). Si tomamos el ejemplo de un árbol, este necesita lograr estas dos cosas para crecer: Requiere que sus raíces se extiendan lo suficiente bajo la superficie del suelo obteniendo el agua y los nutrientes para subsistir, y además que su tronco desarrolle la capacidad para mantenerse firme. Si alguna de estas dos premisas falla, el árbol estará en peligro de morir. Siguiendo con esa comparación, entonces podemos decir que no es suficiente con saber que eres amado; todo tu ser tiene que echar raíces en el amor de Dios y desarrollar la capacidad para permanecer anclado aún en las peores circunstancias.
Esto no es algo que se logra de la noche a la mañana por supuesto. Es un proceso de transformación continuo y permanente en el que tú participas consciente y voluntariamente. Tú te dejas amar por Dios, recibes Su verdad y se inicia dentro de ti la revolución de Su amor. Según el diccionario, una revolución es un cambio violento y profundo de las instituciones políticas, sociales y económicas de una nación; figurativamente, esto es lo que el amor de Dios produce en nuestro interior cambiando radicalmente las estructuras de nuestra manera de pensar y por consiguiente la forma en la que nos vemos a nosotros mismos. En esta divina revolución, no existe caos ni mucho menos uso de violencia, porque Su amor es bondadoso y nos brinda el más alto nivel de respeto. Como todo un caballero, Jesús llama a la puerta de tu corazón; si abres y decides dejarle entrar, Él estará sentándose a la mesa para cenar contigo entablando una relación de intimidad y comunión. El armamento con el que nos conquista es el más poderoso del universo; sin embargo no consiste en armas nucleares ni en potentes aviones de guerra porque Su amor no hace nada indebido. Este arsenal de Dios tiene la capacidad de destruir las más grandes fortalezas que hay sobre la tierra: aquellas que están en tu interior; derribando las estructuras de pensamiento que no están acordes con Su visión. En esta revolución como en muchas otras, ocurre derramamiento de sangre, pero el amor de Dios no tiene envidia y mereciendo nosotros la muerte, envió a Jesús quien tomó nuestro lugar de pecado para hacer que nosotros ocupásemos el suyo. Él escogió la muerte para darnos vida. El único caido en esta revolución se levantó de entre los muertos, y ahora trabaja sentado a la diestra del Padre, intercediendo por nosotros para que el resultado de Su sacrificio sea efectivo en nuestras vidas, y SEAMOS Su visión.
La Revolución de Su Amor (3) : Soy Libre de Esclavitud
“En el amor no hay temor, sino que el perfecto amor echa fuera el temor,….” 1ª. Juan 4:8
Sí, Dios te ama y esta es razón suficiente para expresarte Su voluntad: Que puedas vivir la plenitud de vida que Él te ofrece. Pero ¿cómo disfrutar de esa vida plena cuando nuestra visión está tan distorsionada? Nos vemos a la luz de tantas cosas que aunque parecen ser buenas ó lógicamente correctas, no son lo que Dios ve de nosotros. En el caso de Gedeón, no se había dado cuenta de la gravedad de la deformación en su visión, hasta después que tuvo aquél encuentro con el ángel del Señor. Él había crecido en un pueblo sometido a la esclavitud, atormentado por el temor y la incertidumbre, asi que para muchos era “normal”, que este joven pensara de sí mismo como alguien insignificante y limitado. En lo que a mí concierne, yo tampoco entendía hasta donde estaba dañada mi visión, hasta que pude percatarme de que lo que yo estaba expresando (durante la depresión) estaba en franco desacuerdo con Él. Sinceramente puedo decirte que yo estaba segura de conocer cuánto me ama Dios y lo valiosa que soy para Él, pero cuando las cosas se pusieron difíciles brotó de mi corazón la incredulidad, el temor y la frustración. Solo el amor perfecto de Dios podía aclarar nuestros ojos para vernos como Él nos ve. ¿Puedes ver como ambas historias tenemos algo en común?
Gedeón le dio valor a una enorme cantidad de prejuicios que escuchó de su familia y los guardó en su corazón. Él escuchaba decir algunas cosas como: ¡Ya te dije que somos pobres! Ó ¡Tú no puedes porque eres el más pequeño de la casa! ¡No tienes con qué librarte de esta situación! No las guardó como quien guarda un calcetín en un cajón, sino como algo que tenía verdadero valor y significado para su vida. Gedeón permitió que estas ideas poco a poco penetraran en la “cuenta bancaria” de su corazón. Cada vez que él veía la condición de miseria en la que vivian – desconectada del amor que Dios tenía por él – Gedeón estaba viéndose como una víctima de las circunstancias: pobre, abandonado de Dios y sin razón para seguir luchando. El saldo en esa cuenta crecía cada semana y cada mes, hasta que eran tantos los depósitos de auto-lástima y menosprecio que esto se convritió en un “tesoro” para él; ahora esto era su razón de ser y de existir. Dice la Escritura que: “….Donde esté tu tesoro, ahí también estará tu corazón..” Por lo tanto, todas aquellas ideas que tú has estado atesorando determinan la condición de tu visión en este día. Aquellas malas experiencias, fracasos, ofensas, etc. que has autorizado que se depositen a la “cuenta bancaria” de tu corazón, conforman ahora un filtro por el cual ahora tú te percibes y te miras a ti mismo.
Durante mucho tiempo yo le di valor excesivo a las opiniones de otros con respecto a lo que SOY. En otras palabras, permití que otras personas definan lo que solo Dios, como mi Creador, puede y ha decretado acerca de mí. A través de mi infancia y adolescencia coleccioné muchos prejuicios que trasladé como depósitos a la ”cuenta bancaria” de mi corazón. El saldo que arrojaba la cuenta decía: VICTIMA. Donde estaba mi tesoro, estaba también mi corazón. Tal vez no estaba consciente del grado de daño que esto causó en mi visión pero mi Padre si lo estaba y necesitaba llevarme al punto de restaurarme y transformarme en Su realidad. Ahora, ¿qué clase de depósitos has estado haciendo tú? ¿Has permitido que otras personas o situaciones determinen tu visión? Lo cierto es que cada vez que interpretamos lo que nos sucede fuera de la verdad del amor de Dios, nos estaremos viendo como “víctimas” aliados de la auto-lástima y resentimiento ó por el contrario, como “victimarios” cautivos del remordimiento y culpabilidad.
¿Quién era responsable de la condición de la visión de Gedeón? ¿Acaso lo eran sus padres ó sus amigos?¡La respuesta es NO! Y en mi situación ¿quién permitió que mi visión se dañara? Dios no nos ha dado espíritu de cobardía para buscar a terceros como culpables de nuestra condición; aunque resulta ser lo más facil de hacer por supuesto. Lo que sí hemos recibido de Él es:
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Espíritu de poder, para determinar que nuestro presente es la situación ideal que Él usará para transformarnos en Su visión.
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Espíritu de amor, para darnos la seguridad de que en medio de lo que estamos viviendo no somos víctimas de nadie, ni tampoco victimarios si recibimos su perdón. Somos AMADOS por Él.
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Espíritu de dominio propio para aceptar nuestra cuota de responsabilidad en el asunto de atribuirle mucho más valor a los prejuicios, ideas equivocadas etc. que a aquello que Dios dice de nosotros.
Si a través de esta nota puedes identificar que necesitas (como yo) que tú visión sea transformada, sólo tienes que venir con Dios y expresarle sinceramente tu deseo recibiendo lo que Él te ha provisto. Decide renunciar a la mentalidad de víctima o victimario y corre a los brazos del Padre quien espera ansiosamente poder revelarte de manera personal que Su amor por ti es eterno e incondicional.
La Revolución de Su Amor (2) : Soy amado incondicionalmente
“Mi oración es que los ojos de su corazón les sean iluminados, para que sepan cuál es la esperanza de Su llamamiento,…” Efesios 1:18
Como venimos diciendo anteriormente, el amor de Dios provoca una revolución en el corazón de todo aquél que lo recibe de manera consciente y permanece en él; la visión del individuo es transformada y por consiguiente, su ser entero. Sin embargo, muchas veces, lo que queremos es que cambien las circunstancias que nos rodean, y nosotros no estamos muy dispuestos a participar en el proceso de transformación que implica que Su visión se establezca en nuestras vidas. Recuerdo una etapa por la que pasé años atrás, en la que yo rogaba porque Dios cambiara ciertas situaciones en las que estaba viviendo. Desde mi punto de vista, era la gente a mi alrededor quienes necesitaban cambiar, no yo. Me desgastaba tratando de hacerles entender que debían hacerle caso a Dios (cosa que por supuesto no logré), llegando al punto de experimentar por una temporada los síntomas de lo que comúnmente llaman “depresión”. Haciendo todo en mis propias fuerzas me debilité, le di rienda suelta a la tristeza y no veía la salida. Es difícil reconocerlo, pero mi visión estaba en contraste total con la de Dios; yo me veía sola, desprovista e impotente, consintiendo cúmulos de auto-lástima. Si yo había escuchado tantas veces que Dios me amaba, ¿porqué era tan difícil para mí darle valor a esa verdad cuando estaba pasando por esa crisis? Nosotros decimos: “Sí Dios me ama, pero……” ¡Cuántos PEROS ponemos cuando se trata de aceptar lo que Él dice de nosotros y reconocer sinceramente que el Padre tiene la razón! En fin, había que salir del pozo en el que me había metido, y para eso yo tenía que estar dispuesta a querer hacerlo. Desde siempre Dios tuvo la solución, ahora era el momento de darle mi respuesta. Dejé de luchar por tratar de cambiar a otros, y comencé a permitir que Su amor me inundara estando en medio de la crisis, cuando lo que estaba a mi alrededor marchaba al revés. Comencé a entender que mi trabajo era RECIBIR de Él y escucharle. Ya no se trataba de orar porque se resolvieran las cosas, era tiempo de rendirse, bajar las velas de mi barco en la tormenta y aceptar que soy amada por Dios.
¿Qué tenía que hacer para merecer Su amor en esa condición? ¡Absolutamente NADA! ¿Qué podía hacer para que Dios me amara un poco más? Él lo había dado TODO por mí. Yo era quien necesitaba ubicarme e identificarme como su amada, no por lo que las circunstancias decían, sino por lo que Cristo hizo en la cruz. Los días y las semanas transcurrieron mientras pasaba tiempo buscando, conociendo personalmente lo que Él dice de mí. Su Espíritu me estaba enseñando y señalando aquellas cosas no estaban acordes con Su visión. Cuando acepté a Jesús en mi corazón aún siendo niña, el amor de Dios hizo cambios en mi ser, pero fue durante esta época en la que entendiendo más profundamente la realidad de Su amor por mí que se desató esta bendita revolución. Finalmente salí del pozo de la desesperación y como dice el Salmo 40: “… puso mis pies en la roca y enderezó mis pasos”. Pude empezar a verme a la luz de Sus ojos y descubrir que todas las cosas que le pertenecen a la vida y a la piedad me han sido dadas en Cristo. (2ª. Pedro 1:3) La puerta de la auto-compasión y temor seguían esperando la ocasión para que yo entrara nuevamente a través de ellas, pero por el contario, cada día descubría más razones para estar agradecida por la identidad que el Padre me dio en Jesús. Fue Su amor lo que me sostuvo y fue Su amor lo que me levantó.




